Lilí y Lis

Encaramada a un taburete, Elia María González-Alvarez y López Chicheri sigue el movimiento de las bolas en la mesa. Tiene cuatro años y no es la primera vez que mira fascinada el juego de billar de su padre. A los doce ya sabrá hacer series de treinta carambolas y habrá derrotado a más de un contrincante masculino. Dos años después ganará la medalla de oro internacional en patinaje sobre hielo. A los diecisiete años competirá en automovilismo en Cataluña, a los veintiuno será finalista en tenis en el campeonato de Wimbledon en 1926 y, a los 36, se proclamará campeona de España en esquí en las modalidades de descenso y eslalon. Una carrera sin parangón en la historia del deporte español. Pero es que, además, Lilí Alvarez fue escritora, reportera y empresaria. Hay vidas que de tan extraordinarias, parecen inventadas.

Nacida en Roma en una familia acomodada, pasó su infancia en Suiza. Su insólito carácter se forjó durante una infancia y adolescencia poco convencional en la que los viajes y el contacto con la naturaleza eran frecuentes y el corsé impuesto por los centros educativos, inexistente. Lilí se educaba con institutrices en casa pero también en las tertulias de los elegantes salones aristocráticos, en las mesas del billar y en las montañas alpinas. Se trasladó a España después de la Guerra Civil, y ahí continuó su carrera deportiva, pero también siguió trabajando como escritora y periodista. Tenista, piloto de fórmula 1, patinadora, esquiadora y alpinista , entre otros, Lilí puso pocas barreras a su espíritu libre, curioso e independiente.

Agosto de 1952, Helsinki. Enfundada en unas botas altas, ataviada con un elegante frac de doma,  pantalones blancos abombachados y sombrero de copa negro, Lis Hartel se yergue sobre el número dos del podio. Henri Saint Cyr, coronado con el oro olímipico a su derecha, le ayudará a bajarse del podio. Lis tiene polio y necesita ayuda para montar y desmontarse de su querido caballo Jubilée. 

Lis nació en en Hellerup en 1921 y llegó a la hípica de manos de sus padres, ambos jinetes. A los 13 años competía a nivel nacional en Dinamarca. Su carrera iba camino de ser imparable pero a los 23 años, en su segundo embarazo, contrajo la polio. Una enfermedad que, según las autoridades médicas, debiera haber terminado con su carrera deportiva irremisiblemente. Sin embargo, con un amor por la hípica inabarcable y una fuerza extraordinaria, Lis consiguió desarrollar un estilo de montar muy personal, llegando a controlar al caballo con el peso del cuerpo. La simbiosis con su caballo Jubilée era  extraordinaria y en 1947 pudo volver a competir en Dinamarca. No fue ese su único hito, pues hasta los Juegos Olímpicos del 52, la hípica había estado reservada para militares. Tampoco eso fue traba para ella y se alzó con la plata olímpica en doma, abriendo la puerta grande a la competición femenina en hípica.

Dos vidas que, de tan extraordinarias, parecen inventadas.