A pesar de nacer en el seno de una familia conservadora, o quizá por eso, Gerda Wegener fue una mujer adelantada a su época. Cuesta imaginar que la hija de un párroco de Østjylland se acabara convirtiendo en el principal referente del Art Decó en Dinamarca y en alguien que rompió moldes para vivir como quiso. 

Lo hizo al amparo de los locos años 20 del París del “laissez-faire” donde sus ilustraciones se cotizaban como pocas, revolucionando la forma en que se representaba la feminidad (mención especial aquí a la serie de doce acuarelas de contenido erótico lésbico que pintó para el libro “Doce sonetos lascivos” del poeta francés Louis Pearceau) y retratando de todas las formas posibles a una mujer transgénero, Lili Elbe. Tras esa identidad estaba el que fuera su propio marido, el paisajista Einar Wegener, al que conoció en la escuela de arte, y al que siempre apoyó en su deseo de ser cambiar de género. Gerda fue “la otra chica danesa”.

El Museo de Arte Moderno de Bruselas acogió la primera exposición de Laura Albéniz Jordana. Tenía apenas 16 años y su obra -dijeron los críticos de la época- era la encarnación de un nuevo espíritu femenino. A Laura el talento le venía de cuna. Hija del compositor Isaac Albéniz y de la pianista Rosina Jordana es considerada la precursora del Art Decó en Cataluña. Su apellido le abrió las puertas del París de la Belle Epoque que tan bien reflejó en su obra. Una obra que evolucionó hacia un tono más tradicional y costumbrista, alejado de las jóvenes modernas que había dibujado años atrás. Casada con un militar, los salones de su casa acogieron tertulias de intelectuales y artistas de la época. Laura fue la guardiana de la correspondencia de su padre, pero ella misma, amante de las artes en general, se carteó con compositores como Debussy o Fauré.